Alejandro González Iñárritu nos sumerge entre los indocumentados con su "Carne y Arena"

by Rocio Ayuso August 8, 2017
A scene fom Alejandro Iñarritu's virtual reality piece Carne y arena

Legendary Entertainment

Nada más entrar en Carne y Arena el realizador mexicano te resume en una frase lo que vas a ver. “La realidad virtual es todo lo que el cine no es y viceversa”, asegura Alejandro González Iñárritu en una declaración de principios sobre su última obra. Por eso el ganador del Globo de Oro a la mejor dirección por The Revenant ha preferido llamar su primera incursión en el campo de la realidad virtual una “instalación artística” y no una película. Es arte, es inmersión, es narración, es documental y, sobre todo, es su forma de trasladar al público de la mejor forma posible una de sus mayores preocupaciones, la situación de los llamados inmigrantes ilegales. Hay más nombres para ellos como refleja el cartel de esta obra que tras su debut durante el pasado Festival de Cannes se muestra en la Fundación Prada de Milán, en el museo de arte del condado de Los Angeles (LACMA) y este mes en Centro Cultural Universitario Tlatelolco en Ciudad de México. La misma experiencia a ambos lados de la frontera con los indocumentados, los soñadores, los refugiados, los artistas, los ciudadanos, los patriotas, los hombres del campo o los gais y transexuales como González Iñárritu describe a ese amplio espectro que a diario cruza por unas tierras inhóspitas para el ser humano jugándose la vida por pensar en una vida mejor.

De hecho la obra del realizador mexicano consta de tres ambientes que el espectador tendrá que cruzar en solitario, una travesía que durará del orden de unos 15 minutos. La primera habitación es gélida. Allí esperaras en una sala sin ventanas, estéril, blanca con unos bancos metálicos en los que se te pide que te descalces y dejes todas tus pertenencias. Se quedarán allí, con el centenar de zapatos, por lo general sueltos, desparejados, parte de los miles encontrados en el mismo desierto en el que los últimos siete años murieron 6.000 personas intentando cruzar la frontera. También hay botellas que se quedaron sin agua bajo el sol de justicia. Una espera interrumpida por el desagradable sonido de una alarma que invita a dejar la cámara fría para adentrarse en el corazón y la arena.

Allí reciben al espectador dos operarios vestidos de negro que junto con una mochila ayudarán en la colocación de las gafas Oculus y de los auriculares. La habitación está vacía, también negra, el suelo cubierto de arena y las paredes acolchadas por si echas a correr, lo único que te dicen que no hagas. Y en un instante, gracias a la fotografía de Emmanuel Lubezki, estás viendo los primeros vestigios de luz del amanecer en medio de un desierto que solo suelen conocer esos que acaban siendo poco más que estadísticas en nuestra vida.

Son seis minutos y medio en otro lugar, en una narración con la que González Iñárritu permite al espectador que se acerque, físicamente, al drama de un grupo de

inmigrantes mexicanos y centroamericanos que tras cruzar la frontera son detenidos por una patrulla policial. Tanto el miedo como sus historias son reales. Lo que ves, no, pero da igual. La sensación es tan real que entiendes porqué te dicen que no corras. Los inmigrantes lo hacen ante la llegada de la patrulla, de sus perros, de sus armas que casi sentirás en tu rostro lo mismo que sus gritos. González Iñárritu reconoce que empezó a pensar en esta instalación artística hace unos cuatro, cinco años pero que la tecnología solo ha estado al alcance de las circunstancias más recientemente. El testimonio de los que allí se unen virtualmente al espectador es real. Sus rostros están fotografiados en movimiento cuando salgas de esta habitación hacia el tercer habitáculo detrás de un muro de metal que también es real. Es un fragmento de la valla metálica que en su día los estadounidenses utilizaron en la guerra del Vietnam y que ahora ha sido frontera con México.

Por primera vez en una experiencia de realidad virtual el espectador no lo es tal. No está sentado a la espera. Muy al contrario, el realizador quiere que participe (todo menos echarse a correr, recuerdan los que vigilarán de que no te pase nada contra las paredes reales mientras te sumes en otro mundo). Además están los cables del equipo óptico y de sonido que salen de la mochila y que te anclan al mundo en el que vives a diario.  Pero como recordó el realizador durante un pase de prensa en Cannes, en el mundo virtual al que invita en Carne y Arena hay 14 puntos de vista disponibles, “más el omnisciente, y aun así al final tienes que elegir". González Iñárritu ya ha trasladado a su audiencia al mundo de la inmigración en otras de sus obras fílmicas como Babel o Biutifu. Es un tema que le preocupa porque lo lleva dentro. “Yo mismo lo soy”, ha reconocido en muchas ocasiones. De ahí que el interés del cineasta no está tanto en la tecnología que le ha permitido recrear esta experiencia inmersiva sino en lo que allí cuenta. Como dijo el “negro” (así le llaman sus amigos) durante su presentación de Carne y Arena en Cannes, "por encima de todo, necesitaba que la humanidad eclipsara la tecnología".