Julia Solomonoff: "'Nadie nos mira' tiene muchas nacionalidades"

September 10, 2017
Director Julia Solomonoff

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Llegó a salas selectas de Estados Unidos Nadie nos mira, tercer largometraje de la argentina radicada en Nueva York Julia Solomonoff. El film debutó en abril en el Festival Internacional de Cine de Tribeca, en donde su protagonista, Guillermo Pfening obtuvo el Premio al Mejor actor en la competencia internacional. Solomonoff, que también es una de las productoras de Zama, la nueva película de Lucrecia Martel que tras pasar por Venecia se presenta en el Festival de Toronto, es actualmente profesora adjunta en la Universidad de Columbia. Nadie nos mira, que también se verá en el Festival de Cine de Guadalajara en Los Ángeles en noviembre, cuenta la historia de Nico (Guillermo Pfenning), un actor de telenovelas que llega a Nueva York con una promesa de trabajo y escapando de un amor, y debe lidiar con la ruda realidad de tener que empezar de cero. El film también incluye en su elenco a Elena Roger, la actriz que ganó el premio Laurence Olivier por su intepretación de Evita Perón en Broadway.

¿De qué manera tu propia experiencia como inmigrante en Estados Unidos se refleja en la película?

Muchísimo, yo te diría que casi no hay nada inventado en esta película. La verdad es que inventé muy poco. Lo que hice fue observar y editar, y tratar de darle, obviamente, una estructura. Porque uno toma muchas notas durante años de sentir esa falta de pertenencia, de encontrar realmente un lugar que lo represente. Esta película me tomó un tiempo, no sólo el entorno sino también la manera de hacerla, porque es una película rodada en Nueva York pero no es una película norteamericana en su concepción. Lo mejor y lo peor que se dice de ella es que parece una película extranjera.

¿La describirías como una película independiente norteamericana o una argentina filmada en Nueva York?

Es difícil, la película está en una zona fronteriza -que a mí me interesa- en donde no es totalmente ni una cosa ni la otra. No es una película argentina que viene, rueda tres semanas y vuelve y que está totalmente imbuida de esa perspectiva. Yo soy argentina, el actor también, pero la película tiene muchas nacionalidades. Eso que todo sea hace más difícil en un sistema donde los fondos y los premios, necesitan “una” en particular, y esta tiene muchas, pero eso para mí es lo que la enriquece. Creo que la película tiene más de una identidad y eso es algo que si bien es difícil en el momento del maketing, es algo muy bueno para el espectador, porque creo que todos en este momento compartimos más de la identidad con muchos de los otros. Creo que eso es un elemento positivo de la película, y una dificultad en un sistema que está muy pensado desde la individualidad de las identidades nacionales.

A scene from the movie Nadie Nos Mira

Guillermo Pfening en uma escena de Nadie nos mira.

FiGa Films

 

Guillermo Pfening carga con el film en sus espaldas.¿Cómo fue el trabajo con él?

Yo a Guillermo lo conocía como cara de la televisión, después lo conocí socialmente, trabajamos juntos en Boyita, donde hizo un papel chico pero para mí fue muy importante porque era una película donde yo estaba trabajando con muchos actores no profesionales en la mitad del campo en Argentina y necesitaba a alguien para trabajar con ellos desde adentro del cuadro, y él tiene esa cosa de hombre del campo alemán. Él es de este de Córdoba, de Marcos Juárez, aunque la película sucede en Entre Ríos, pero había algo en su tipo físico y también en la manera de relacionarse con la gente que era más campechano y para mí eso era muy bueno. Los chicos se relajaban muy bien con él, y ahí yo empecé a pensar en esta historia. Me gustaba que su tipo físico no encajara con la idea del latino, porque es de eso justamente de lo que estamos tratando, que somos muchos los que tenemos esa cosa adentro que nos sentimos latinos, sobre todo después de haber salido de la Argentina; o sea, yo no sé si en la Argentina yo me definía como latina, pero después de muchos años en Estados Unidos yo fui encontrando mi pertenencia, y siento que eso tiene que ver mucho con la lengua, con la cultura, con una manera de ver el mundo. Lo cierto es que empecé a escribir para Guillermo en un proceso de varios años, él fue leyendo las distintas versiones, estuvo un año preparando su inglés y yo me di cuenta de que nunca iba a ser el inglés que yo había escrito. Así que iba a ser un poco duro, y mis diálogos eran demasiado complejos para el inglés que él podía hablar. En vez de tratar de que tenga que repetir frases que yo sentía que no le pertenecían, reescribimos el guión y empezamos a usar el inglés como un obstáculo más que como un lugar en el que él estaba cómodo. A nosotros nos ayudó mucho, y eso también hizo que la mamá del bebé no fuera una norteamericana, que era lo que yo tenía inicialmente en mente, sino que fuera una argentina para que pudieran tener ese nivel de intimidad. Y ahí entra Elena Roger.  Y todas esas cosas, de alguna manera, fueron un proceso muy orgánico, que fue desde la escritura, la dirección, pasando por la actuación y volviendo a la reescritura, que hizo que todo se acomodara con anticipación y que mis personajes fueran, para mí, mejor desarrollados y más fuertes.

¿Tu trabajo como profesora de cine te ha mejorado como directora?

Sí, absolutamente. Yo tenía miedo porque había intelectualizado cómo sería dirigir después de pasarme años dando clases de posgrado en Columbia y en NYU. Y la verdad es que la experiencia me liberó. Muchos de mis estudiantes fueron parte de mi equipo, aprendí de ellos, y aprendí a articular algunas cosas y a soltar otras. Yo tenía mucho miedo de que al ser profesora me pusiera en un lugar de tener el conocimiento que fuera peligroso, y por el contrario me puso en un lugar de hacerme preguntas. No me puso en un lugar arrogante o de superioridad o de tener que saber más sino al contrario, de tener que aprender a preguntarme más cosas, a incorporar otras. También me ayudó mucho es que en estos 17 años trabajé más como productora creativa, y eso me ayudó a tener otras miradas. Pude ver cómo trabajan otros,  y eso te libera de tus propias trabas, te ayuda a ver que hay otras maneras de entender las cosas. Y además de que me funcionó como una liberación, una de las cosas más lindas de ser profesora en Nueva York en estas escuelas es que tengo alumnos de Afganistán, de India, de China, de Kenia y de Ghana, y eso hace que muchos lenguajes y muchas historias circulen y eso es muy bueno. De alguna manera te hace salirte de las fórmulas y te lleva a preguntarte cuál es el lenguaje qué le va mejor a cada historia.