Quirino Cristiani, pionero de la animación

by Gabriel Lerman May 12, 2017
Argetinian animator Quirino Cristriani

courtesy Gabriele Zucchelli

Cuando Walt Disney llegó a la Argentina en 1941, acompañado de varios de sus colaboradores más cercanos, en una extensa gira que fue examinada meticulosamente en el documental Walt & El Grupo de Theodore Thomas, pidió encontrarse con un colega, un italiano llegado de niño a ese país llamado Quirino Cristiani. Su interés era obvio. Cristiani contaba con el récord de haber sido el primero en dirigir un largometraje de animación, El apostol, en 1917, y también había sido el primero en dirigir un largometraje sonoro animado, Peludópolis, en 1931, mientras que Walt, como es bien sabido, fue el primero en hacer un largometraje animado en color. Cuando los dos pioneros se encontraron y el nativo de Santa Giuletta, en Pavía le contó cómo había hecho esas dos películas, Disney simplemente no lo podía creer. No dudó en ofrecerle un contrato y un lugar en el avión que lo había traido para irse a trabajar con él a Estados Unidos, ya decidido a plasmar su experiencia latinoamericana en films como Saludos amigos y The Three Caballeros. Cristiani, que en aquel entonces poseía un laboratorio que trabajaba intensamente para las distribuidoras norteamericanas en Argentina, declinó amablemente la invitación, lo que llevó a Disney a proponerle lo mismo al ilustrador Florencio Molina Campos, quien no dudó en preparar sus maletas iniciando así una larga y fructifera amistad con el ganador de dos Globos de Oro y el premio Cecil B. De Mille a la trayectoria artística.

Cristiani, quien murió en Argentina en 1984 a los 88 años, sólo hizo unos cortos después de algún encuentro, ya que su carrera en la animación había concluido con El mono relojero (1938), una adaptación del famoso cuento de Constancio C. Vigil que es el único de sus trabajos que ha sobrevivido y puede verse hoy en internet, y en el que se aprecia una calidad similar a la de cualquier producción norteamericana de la época. Originariamente un humorista que publicaba sátiras políticas en los diarios argentinos de principios de siglo, quien llegó a Sudamérica siendo niño creó su propio sistema para animar con un corto experimental de un minuto que realizó recortando sus dibujos y fotografiándolos con pequeñas modificaciones. El resultado entusiasmó al productor Federico Valle, el que logró convencer al dueño de la muy de moda Confitería Richmond para que pusiera el dinero para intentar un largometraje.

Tras 8 meses de arduo trabajo, Cristiani finalizó El apostol, una sátira política que muy en linea con lo que hacía como humorista gráfico, se burlaba de la situación política argentina y tenía como protagonista al presidente de entonces, Hipólito Yrigoyen. El resultado fue ciertamente exitoso, y la película, que incluía una espectacular escena final realizada con fotografías en la que se incendiaba Buenos Aires, se mantuvo en cartel durante 6 meses. Al año siguiente, el director repitió el experimento con otro largo animado dirigido a una audiencia adulta, Sin dejar rastros, que satirizaba un incidente diplomático en el que un submarino alemán había hundido a un barco argentino, amenazando la neutralidad que ese país había adoptado en la Primera Guerra Mundial. Temerosos de que el film reavivara el conficto con Alemania, las autoridades locales prohibieron la proyección tras el primer día de funciones, secuestrando la copia, que luego desapareció misteriosamente.

La misma suerte corrió El apostol, que se quemó en el incendio sufrido por la productora de Valle en 1926. Aunque hubo otros intentos de crear cine animado en Argentina en aquella época, como los emprendidos por el arquitecto francés Andrés Ducaud, el que diseño la escena del incendio en El apostol y luego experimentó con el stop motion, esos esfuerzos no se convirtieron en industria. Cristiani dedicó la década siguiente al cine publicitario, lo que le dio los medios como para, con el regreso de Yrigoyen al poder en 1928, intentar un nuevo largometraje, Peludópolis, en el que incluyó por primera vez sonido con un método propio. Para la realización de esa película, el animador mandó construir una plataforma que le permitía trabajar sólo. El golpe de estado que derrocó a Yrigoyen en 1930 obligó a Cristiani a reescribir la película cuando ya llevaba dos tercios terminados, y para cuando se estrenó al año siguiente con la presencia en la sala del presidente de facto, José Evaristo Uriburu, el clima político estaba lo suficientemente enrarecido como para que el film se convirtiera en un fracaso económico. Lamentablemente Persépolis siguió la suerte de las dos películas previas de Cristiani, al quemarse en los dos incendios sufridos por su empresa. Un hombre de múltiples recursos, que era vegetariano y nudista, el animador patentó varios inventos que no tenían nada que ver con el cine y llegó a ser el jefe de prensa de la MGM en la Argentina en su mejor época. Poco antes de su muerte regresó a su pueblo natal invitado por las autoridades locales, y sus aportes han sido recordados en varios libros y en un par de documentales, como Quirino Cristiani, The Mystery of the First Animated Movies de Gabrielle Zucchelli, y Sin dejar rastros, de Diego Kartaszewicz, que acaba de estrenarse en Argentina. 

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Argetinian animator Quirino Cristriani and poster of his film "Peludopolis"

Cristiano trabajando, 1930; Peludopolis, 1931

courtesy Gabriele Zucchelli, director of Quirino Cristiani, The Mystery of the First Animated Movies