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En la cueva del ratón

Todo empezó con un ratón. O así reza la historia de los estudios Walt Disney, esos que hace 90 años concibió el maestro de la animación que les dio nombre. El ratón no es otro que Mickey Mouse, un personaje que dio sus primeros pasos en 1928 con Steamboat Willie, se puso sus famosos guantes blancos en 1929 para The Opry House y esperó hasta The Karnival Kid para decir sus primeras palabras. Nada profundo. Algo así como “¡hot dogs! ¡hot dogs!” Fragmentos de una historia animada preservada en uno de los secretos mejor guardados de los estudios Disney: La biblioteca de animación más conocida como “la morgue”.

El secreto mejor guardado porque incluso en Disney muchos no saben ni que existe. Se trata de la mayor recopilación de obra gráfica (original o impresa) jamás conservada por unos estudios que a lo largo de su historia dieron vida a sus personajes a base de lápiz y papel. Junto con los dibujos de producción, fondos, storyboards, animaciones, hojas de modelo o acetatos de estos 90 años de historia hay también maquetas, bocetos, cartas, documentos, imágenes que sirvieron de inspiración, muñecos o fragmentos de magia que van desde los tiempos de Blancanieves a Frozen, el nuevo estreno animado de los estudios Disney, pasando por cualquier otra de sus princesas o héroes animados. Y, por supuesto, todo lo que quieras de Mickey. En total entre 60 y 65 millones de fragmentos del arte de la animación guardados desde los años 20 y que como subraya John Lasseter, CCO de los estudios Walt Disney Animation y de Pixar “conservan y preservan” el legado de esta compañía.

Piezas archivadas con la rigurosidad de un museo, en un ambiente que mantiene una temperatura estable de 15,5 grados Celsius con un 50 por ciento de humedad y que en la actualidad se están digitalizando para preservar su existencia y facilitar su acceso. Un proceso en el que es fácil pensar en “expedientes X”, esos que contienen documentos nunca vistos antes, perdidos entre tal vasta colección de arte. Una broma que no es ninguna una tontería porque todos los días aparece alguna pieza de material descatalogada en esta mina artística. La razón es clara: Aunque Walt Disney fue muy consciente desde sus comienzos de la necesidad de crear un legado artístico, su generosidad le podía y en su día no fue raro que regalara fragmentos de la historia del estudio a aquellos que le rodeaban. “Por ejemplo es de todos sabido que en agradecimiento a Ray Bradbury por su colaboración en el diseño del Epcot dejó que el escritor merodeara por “la morgue” y cogiera lo que quisiera. Así que no podemos decir que aquí está toda la historia que hizo posible los estudios Disney pero se intenta”, asegura Lella F. Smith, al frente de la biblioteca.

El nombre de “la morgue” le viene de la ubicación original de este archivo, situado en los bajos de lo que era el departamento de color de los estudios Disney donde se coloreaban los acetatos. Ahora allí sólo permanece el cartel que le dio el nombre a este completo archivo de animación, un lugar que lejos de ser creado con aspiraciones de museo era dónde se almacenaba el material que podía ser reutilizado para ser reciclado como papel o acetato en futuras producciones. Ahora el archivo está situado en uno de los muchos edificios con los que cuentan los estudios Disney en Glendale y todo su contenido se sigue reutilizando pero en este caso en el sentido artístico de la palabra, para servir de inspiración o referencia a nuevos artistas y nuevas obras.

Puede tratarse de los dibujos Frank Thomas y Ollie Johnston en La dama y el vagabundo comiendo espaguetis, una de las secuencias más románticas de la historia de los dibujos animados y de la que todavía aprenden las nuevas generaciones de animadores. O de los bocetos de Maléfica, la mala que dibujó Marc Davis para la versión animada de La bella durmiente y que ahora sirve de inspiración y motivo de estudio para Maleficent, la versión de imagen real de esta historia universal con Angelina Jolie como protagonista. Allí encontraron también los 375 bocetos y 22 cuadros de Salvador Dalí que el pintor catalán realizó en la década de los 40 para los estudios Disney y que, años más tarde, verían la luz en el cortometraje Destino.

Eso sí, que nadie se llame a engaño porque la biblioteca de animación de los estudios Disney no es un servicio abierto al público. Aunque su deseo es el de facilitar el acceso a las joyas guardadas en sus archivos sólo unos pocos (por lo general miembros de la familia Disney o con permiso corporativo para acceder a los archivos) pueden beber de sus fuentes.

Rocío Ayuso