Autobiografías de Cineastas: Preston Sturges sobre Preston Sturges

by Jean-Paul Chaillet July 15, 2020
Preston Sturges in 1944

Preston Sturges paddling around his swimming pool in his son's toy row boat, Los Angeles, 1944.

Ralph Crane/Condé Nast via Getty Images

“Lo único sorprendente de mi carrera en Hollywood es que tuve una”. Esta es la agridulce confesión hecha por Preston Sturges a mitad de su inacabada autobiografía, publicada en 1990, 31 años después de su muerte.

Cuando finalmente consiguió dirigir su primera película para Paramount, The Great McGinty (1940), una mezcla de comedia con toques moralistas y sátira política sobre la corrupción en la vida civil estadounidense, Sturges tenía 42 años y llevaba diez trabajando como guionista en Hollywood.  Había vendido el guión por 10 dólares, solo para poder dirigirlo y tener el control total, una rareza en esos días. Ganó el premio de la Academia al Mejor Guión Original y a partir de entonces comenzó su buena racha.

Durante los cuatro años siguientes, dirigiría un total de seis películas, la mayoría de ellas consideradas hoy clásicos y entre las mejores comedias jamás hechas -Christmas in July, The Lady Eve, Sullivan's Travels, The Palm Beach Story, The Miracle of Morgan's Creek- donde Claudette Colbert, Betty Hutton, Barbara Stanwyck, Joel McCrea, Veronika Lake, Henry Fonda y Dick Powell interpretaron papeles memorables.

Su nombre se asocia al espectáculo cáustico e ingenioso, la combinación perfecta del tono estadounidense, descarado y disparatado, con el humor europeo,  mordaz y sofisticado. Pero su meteórico ascenso pronto se vería obstaculizado por reveses y desilusiones.

 

Moments in the life of Preston Sturges

(Top) Robert Taylor visits Sturges on the set of The Great McGinty, 1939; J.A. Krug, chairman of the War Production Board, Frances Ramsden, and Preston Sturges on the set of The Sin of Harold Diddlebrock, 1945; (bottom) script read for The Lady Eve with Barbara Stanwyck and Henry Fonda, 1940.

john springer collection/bettman/getty images

 

 

Dejar Paramount en 1944 fue el primer tropiezo. Más tarde, su tempestuosa participación en una productora independiente junto al obseso del control Howard Hughes se fue a pique, acabando con su sueño de ser creativa y financieramente independiente. Como explicó en 1948: "el enorme fracaso de mis dos últimas películas dañó en gran medida mi valía en la industria cinematográfica". De repente, se encontró sin trabajo como escritor-director-productor. Su reputación de ser demasiado caro y de difícil trato complicaba su contratación por parte de los estudios. Principalmente, razona, debido a "la devastadora decepción que sufrí al verme en una posición donde, para sobrevivir, tuve que lidiar con tontos, mentirosos y aficionados inseguros”.

Intentó volver a escribir guiones al tiempo que invertía la mayor parte de su dinero en convertir The Players, el famoso restaurante en Sunset Strip junto al Chateau Marmont, en un teatro añadiendo un escenario giratorio. "Antes de hundirse bajo el peso de cuatro hipotecas y deudas acumuladas".

En 1952, le llegó una oferta inesperada, después de muchas que nunca llegaron a materializarse (como una adaptación de The Millionairess, de George Bernard Shaw, con Katharine Hepburn), de la productora francesa Gaumont. Se mudó a París para dirigir Les Carnets du Major Thompson, una farsa protagonizada por Noël-Noël y la sex symbol Martine Carol.  La película se estrenó en Estados Unidos  en mayo de 1957, con el título The French, They Are a Funny Race. Los críticos la desestimaron y el público se mantuvo alejado. Sería su último film. No la despedida que se merecía. Una vez más, Sturges se encontró en una crítica encrucijada profesional, luchando por encontrar trabajo. "Siempre he sostenido que, además del talento, el éxito depende un poco de la suerte", escribe, "y a mi la suerte parecía habérseme agotado, al menos profesionalmente ".

Pero el eterno optimista perseveró, a pesar de que, como señaló, "1958 hizo mucho por destruir mi convencimiento de que aún podía salir del hoyo. Todavía tenía en mis manos dos de las mejores obras que he escrito y, pese a los contratos firmados, los comienzos fallidos y descorazonadores, tenía 136 dólares en el banco".

Preston Surges in Los Angeles, 1944

Paddling around his swimming pool in his son's toy row boat, Los Angeles, 1944.

Ralph Crane/Condé Nast via Getty Images

 

En febrero de 1959 le llegó un necesario respiro cuando le ofrecieron un adelanto para escribir su autobiografía. Sturges advirtió que de ninguna manera "iba a ser su despedida del mundo". Al contrario, es un elocuente relato de una fascinante vida que ahora, en su crepúsculo, él define como un interminable "Mardi Gras, un desfile callejero de una humanidad plural enmascarada, borracha, histérica, divertida, disfrazada, carnal, inocente y sudorosa que vaga sin rumbo y siempre en círculo ".

Unos dos tercios del libro detallan su educación bohemia y cosmopolita. Comenzando por la influencia de su excéntrica e ingeniosa madre, Mary, que hizo creer a todos que pertenecía a la aristocracia italiana. "Mi madre no era en ningún sentido mentirosa", comenta vagamente, "ni siquiera estaba familiarizada con la realidad". Desde temprana edad, ella arrastró al joven Preston en sus peripatéticas aventuras entre Estados Unidos y el continente (europeo). Se instaló temporalmente en París, Berlín, Bayreuth (Alemania), Deauville o la Riviera (Francia), para vender los productos de belleza de su boutique, Maison Desti, y, a menudo, para reunirse con su mejor amiga, la famosa bailarina Isadora Duncan y una cohorte de conocidos ricos y pretendientes, con algunos de los cuales se casaría.

En cuanto a su educación, de niño fue enviado a varios internados en Francia y en Suiza. Como resultado, hablaba mejor el francés que el inglés. Era un mundo sacado de una novela de Edith Wharton, salpicado de ese fatalismo despreocupado que abunda en algunas de las historias de F. Scott Fitzgerald sobre la era del jazz y que más tarde le inspiraría en la creación de alguno de los excéntricos personajes y situaciones de sus películas.

En 1919, de vuelta a la vida civil y después de un breve período en el ejército, ahora viviendo en Nueva York, Sturges no tenía idea de en qué iba a trabajar. Tuvo varios empleos, uno de ellos encargándose del negocio de su obstinada madre, ¡para quien inventó un lápiz de labios a prueba de besos! Una noche, en 1929, tuvo una epifanía después de llevar a su novia a ver una obra de teatro en Broadway. ¡Apostó a que él también podría escribir una! Lo hizo y se dio a conocer por ello.

La segunda, Strictly Dishonorable, fue un éxito. Ganó 300.000 dólares que se gastó rápidamente. Paramount le pidió que escribiera un guion para Maurice Chevalier El resultado fue The Big Pond, al que enseguida le seguirían algunos títulos más. Tres años más tarde se mudó a Hollywood, "empezando desde abajo en Universal, trabajando en equipo con otros escritores, ¡como quienes se encargan de mover un piano!", explica. Después de ver a varios directores adaptar su trabajo para la pantalla, no siempre a su gusto ni respetando su visión, decidió demostrar que él podía hacerlo mejor. Pero eso no sucedió de la noche a la mañana...

Cuando se publicó el libro, Sturges ya había sido en gran parte olvidado,  a diferencia de alguno de sus contemporáneos, aún activos y venerados, como Frank Capra, George Cukor, o William Wyler.. Eso hace que su lectura, más allá de ser divertida y entretenida, sea conmovedora. Con una prosa a menudo imbuida de melancolía, Sturges relata su búsqueda por recuperar el escurridizo premio gordo, que lo hizo rico y famoso en los años treinta y cuarenta y la dificultad de recoger los pedazos y reiniciar una vez más lo que había sido una carrera fértil y lucrativa, aunque corta. Bajo el elegante barniz de su narración desenfadada y despreocupada permea la dolorosa profecía de que nunca iba a suceder. Admitiendo ser ahora tan inexperto e impulsivo como era a los 16 años, se consuela sabiendo que "mi vida, incluso en esos tiempos difíciles y desagradables, está completa".

Su escritura se vio bruscamente interrumpida el 6 de agosto de 1959, el día en el que, a los 60 años, murió de un ataque al corazón, en una habitación del hotel Algonquin en Nueva York. Veinte minutos antes había escrito la última frase.

Traducción: Paz Mata