Fernando Frías: “El cine es una forma de mirar”

by Rocio Ayuso June 25, 2020
Filmmaker Fernando Frias

Fernando Frías se enamoró primero de la cumbia rebajada, luego del movimiento Kolombia de Monterrey (México) y finalmente de la búsqueda de identidad detrás de esta contracultura. Ocho años después, esta fascinación se convirtió en Ya no estoy aquí, el segundo largometraje de un realizador más conocido por sus trabajos en dos polos opuestos -el campo del documental y la serie Los Espookys- que rodó con actores no profesionales y a caballo entre Monterrey y Nueva York.

¿Cómo nace un filme tan diferente como Ya no estoy aquí?

Allá como por 2005 recibí un disco de cumbia rebajada donde me fascinó el puro ritmo. Me encantó la idea de rebajar algo que es puramente tropical, esa apropiación llena de poesía y bastante nostalgia. Al mismo tiempo me fascinan las contraculturas por su carácter contestatario, pero no quería caer en la representación colonialista. También estaba bastante descontento con la forma en la que se estaba representando la tragedia de México en el cine mexicano, con discursos demasiado elitistas disfrazados de denuncia para que funcionen en un festival, pero nada accesibles para un público mexicano. Quise hacer algo con honestidad que llegue a todo el mundo, que hable de la falta oportunidad y que no juzgue. Y encontré que existía un paralelismo de la cumbia rebajada -una canción que no quieres que acabe, que va más lenta- y una juventud que no tiene futuro, que no tiene oportunidades. Porque a los 16 años eres padre de familia o estás enganchado con alguna droga fuerte o estás en alguna organización criminal. Y si a buenas trabajas en un 7-Eleven no tienes movilidad, algo que pasa no solo en Monterrey sino en Latinoamérica y en muchas partes del mundo. Ya no estoy aquí habla de identidad, de pertenencia.

¿Cuán laboriosa fue su llegada a las pantallas?

La película tardó más en hacerse, ocho años y mucho camino, cuesta arriba. Yo estaba estudiando en NY en la maestría de guion y la maestra me decía que no funcionaba, que Ulises era un personaje pasivo. Yo no lo suscribo. El cine, más allá de contar historias, es una forma de mirar. La historia es una herramienta más. Así que hice muchísima investigación con los chicos, con antropólogos, y fui mi propio filtro. Recibí varios premios y la invitación al laboratorio de guion de Sundance fue importante pero también fui un iluso al pensar que sería más fácil. Fue un proceso bastante agotador y solitario.

¿Fue más difícil el rodaje de Monterrey o el de Nueva York?

Primero filmamos todo Monterrey donde me recibieron con los brazos abiertos, todo maravilloso. Nueva York fue mucho más feo, hostil y peligroso. Esa es mi experiencia. Además, en Monterrey me dicen los productores que tenía que detener la filmación porque no tenían asegurado EEUU, algo que no podía hacer porque llevaba cuatro meses ensayando con los chicos y su vida cambia drásticamente.

¿Cómo fue la selección de este reparto donde ninguno de ellos es actor?

Fue increíble. Fuimos por miles de lados y ellos nos llevaban a otros. Vi el movimiento Kolombia desaparecer entre mis dedos mientras lo iba investigando. Por eso necesitaba encontrar una gente local. Talento tristemente sobra, lo difícil son las oportunidades porque encontraba a alguien, pero tenía problema de drogas o de una vida súper difícil y era muy complicado. Me puse muy terco con Juan Daniel “Derek”. Fue uno de los finalistas, pero no sabía bailar. Era muy joven y no le tocó la Kolombia en su esplendor, pero sus hermanos sí la vivieron. Tuvo que aprender desde cero. Una de las partes más difíciles y más ricas fue formar este grupo muy grande y organizar un campamento de verano de ensayos.

¿Sigue en contacto con el elenco?

Vinieron al estreno en Morelia con las familias. Ganamos el premio del jurado y del público, pero yo llegué con la capa muy caída porque no íbamos a Venecia, ni a Toronto ni a San Sebastián y me sentía derrotado porque esta película rompe con el perfil esperado en estos festivales de una película latinoamericana. Y ellos primero estaban muy tímidos. Algo muy lastimado no solo en Monterrey sino en todo México y Latinoamérica es la dignidad, la autoestima colectiva de las minorías. Pero en la premiere el público estuvo de pie aplaudiéndoles, bailaron sin música, llorando. Eso fue lo máximo. Y luego hicimos el estreno en Monterey en una sala para 600 personas y llegaron 2.000. Ahora estoy organizando una asociación civil para recibir donaciones. De la noche a la mañana son celebridades.

A scene from "Ya no estoy aqui", 2020

Una escena de Ya no estoy aquí.

 

Mientras que los actores no son profesionales, en los aspectos técnicos Ya no estoy aquí es una película muy cuidada.

Mi entrada al cine es por el lado visual. Siempre tuve claro que no iba a ser un drama social de cámara en mano. No me gusta ni que la música ni que la cámara me diga qué sentir. Me gusta que los personajes sean quienes te lo digan. Y estos chicos actuaron de puta madre. Es una película muy observacional pero también muy intuitiva.

¿Está satisfecho con la recepción de la película en México?

En México se volvió un fenómeno, el contenido más visto de Netflix por encima de series que tenían muchos valores de producción. Hay memes, gran cantidad de fans, recreaciones de la película, calzones de Ulises. Guillermo del Toro dijo en un tuit que es una película tan real que no había visto nunca nada así. Lo mismo que Gael (García Bernal). En México se volvió algo gigante.

Hablando de influencias, ¿cuáles son las suyas?

A mi me encantó Leolo desde que la vi desde niño. Ya entonces quería que las películas fueran como mi vida. Siempre he buscado esa identificación. También me acuerdo de Un hombre y una mujer, de Claude Lelouch, maravillado al cambiar de color a blanco y negro. Y Aki Kaurismaki, películas tan sencillas y carismáticas, tan sobrias y con un estilo tan exagerado. De Costa Gavras, Z, cine político cien por cien, pero estilizado. Esa película me voló el cerebro. Mystery Train, de Jim Jarmush. Puedes ver todas esas referencias en Ya no estoy aquí. Y la búsqueda de la identificación, porque pertenezco a muchas cosas, criado entre dos mundos, pero a ninguna.

¿Su trabajo en Los Espookys es muestra de los muchos mundos en los que se mueve?

Los Espookys son posteriores a Ya no estoy aquí. Me encantó hacer la primera temporada, entrar desde cero a diseñar todo ese mundo. El humor que me hace reír es algo muy absurdo tomado de forma muy seria. Me gusta dirigir episodios que yo no tenga que inventar en un formato que ya existe. Aunque suene limitante, para mi es un desafío el ‘qué harías tu dentro de este formato’. Además de ejercer así el músculo de la dirección.