Javier Cámara: "En 'El olvido que seremos' he visto la luz de Colombia"

by Gabriel Lerman November 11, 2020
Actor Javier Camara, 2020

Oscar Gonzalez/NurPhoto via Getty Images

En España acaba de estrenarse en las salas su más reciente película, Sentimental, que dirigida por Cesc Gay lo encuentra compartiendo elenco con Belén Cuesta. En Argentina ha llegado a las pantallas locales Vamos Juan, la serie de TNT en la que ha vuelto a encarnar al político Juan Carrasco y en Estados Unidos se lo puede ver en la serie de HBO The Young Pope, en la que trabaja junto a Jude Law. Son buenos tiempos para Javier Cámara y eso que hasta ahora El olvido que seremos, la película que ha hecho para David Trueba y en la que encarna a un médico que no le tiene miedo a la violencia cuando denuncia abiertamente la corrupción, apenas si se ha podido ver en Colombia. Desde su casa madrileña, en la que cuida solo a sus dos pequeños hijos, el ganador del Goya por Vivir es fácil con los ojos cerrados y Truman compartió con nosotros sus experiencias filmando en Medellín, su inesperado encuentro con la actuación apenas salido de la adolescencia y sus expectativas frente al futuro.

Si bien te escuchamos hablando con acento colombiano en Narcos hace unos años, ¿en El olvido que seremos eres tú el que está hablando o estás doblado?

No, soy yo, sí es cierto que en Narcos todos los actores éramos latinos, pero había muy pocos colombianos y aunque teníamos coaches y todas esas cosas, como era una producción estadounidense, el acento era como más neutro, había menos exigencia a la hora de pronunciar. En El olvido que seremos lo más importante era ser muy fidedigno a la historia, primero porque hay montones de grabaciones de Héctor Abad Gómez, un médico salubrista que trabajó en la Organización Mundial de Salud, que daba clases en la universidad, que tenía un programa de radio y que se presentó como alcalde, y segundo porque su asesinato causó estremecimiento no solamente en toda la sociedad de Medellín y en la colombiana sino en la enorme lista que había de gente que estaba amenazada y que vieron que si habían matado a este hombre, ellos tenían que estar ahí también y que eran posibles víctimas de este horror. Entonces había tanto trabajo que hacer que cuando llegué a Medellín, me di cuenta que iba a ser fundamental intentar hacer un gran trabajo de voz ya que, por ejemplo, él a la hora de hacer sus programas de radio tenía como una especie de prosodia, una pronunciación muy exacta, hablaba lento y tranquilo pero era contundente en sus afirmaciones. Luego estaba la otra parte que era la humana, la de la familia, donde se mostraba más afectuoso. Le dejó muchísimas grabaciones a su familia, porque como a él lo habían echado de la universidad, lo perseguían y tuvo que irse a trabajar a Filipinas y a un montón de otros lugares entonces les mandaba cartas habladas, muchas de ellas pude oírlas y son deliciosas, dándoles lecciones a sus hijos, con una maestría y un amor maravilloso.

Como actor estabas tratando de interpretar a este hombre que todo el mundo conoce y a la vez tenías que estar atento a mantener un acento colombiano. ¿Cómo hacías para encontrar el punto justo de concentración?

Tenemos un idioma enorme, riquísimo, lleno de detalles, de experiencias, de expresiones distintas y de consonantes que pronunciamos con unos maravillosos dejes como las jotas, las eses, las haches aspiradas, las ces pronunciadas, es decir hay una riqueza en este lenguaje que compartimos que es impresionante. Muchas veces a mí me ha supuesto más difícil hacer un acento perfecto colombiano que un buen acento inglés porque en este último, evidentemente siempre por detrás había un latino que estaba intentando hablarlo, pero con el primero no podía improvisar porque podía parecer mexicano o lo que fuere y teníamos que volver a hacer la toma. Lo fascinante era ver a todos mis compañeros en esas reuniones de comida y yo no decía nada o me apuntaba algunas cositas que quería improvisar y rápidamente iba con Patricia Tamayo (actriz que interpretó a Cecilia Faciolince), con Juan Pablo Urrego (actor que encarnó a Héctor, el hijo de Abad Gómez), o sobre todo con Daniela Abad, quien ha hecho dos documentales maravillosos sobre sus dos abuelos, y le pedía que me dijera una expresión rápida para que yo les diga “vengan conmigo”, entonces los sorprendía a todos, eso sí que me resultó complicado pero a la vez era regocijante ver la cantidad de cosas tan bonitas, de palabras tan bellas.

¿Qué aprendiste sobre Colombia en esta experiencia que no habías aprendido en Narcos?

En El olvido que seremos he visto la luz de Colombia mientras que en Narcos vi la oscuridad. Allá no les gustaba escuchar que yo estaba haciendo Narcos porque evidentemente para ellos contar una historia desde fuera era un poco insultante. Entonces lo primero que me llevo de El olvido que seremos es una cantidad de emociones que me han cambiado incluso la forma de ser como actor, de elegir las cosas, de ser más cuidadoso, de ser más responsable, de tener más ternura a la hora afrontarlo todo y segundo me ha hecho ver el color de Colombia, saber que hay tanta gente maravillosa en ese país, de gente que ha peleado por él tanto como la gente que ha hecho mal y que nunca hemos descubierto eso y ya es hora. Alguna cinematografía nos ha hecho creer que los héroes son personajes que van saltando sobre los trenes o que se cuelgan de un edificio a otro para salvar las vidas de alguien que cae y los héroes son más cercanos, aquellos que salen a la calle a hacer su trabajo.

Has tenido una carrera espectacular en los últimos años. ¿Cuán difícil es saber elegir cuando tienes tantas buenas cosas que se te presentan?

Ahora la cosa está difícil, porque ¿sabes qué pasa? Después de hacer este tipo de proyectos, no es que te vuelvas más exigente o más sibarita o más estúpido a la hora de decir “yo ahora no voy a hacer otra cosa que no sea esto”, no, no es eso, sino que buscas esa intensidad en el personaje, que sea poliédrico, con caras, quieres trabajar con gente que te dé muchísima confianza, y si bien te conviertes en un actor más seguro también quieres saltar al vacío con los personajes. Ahora me he convertido en un lector más ávido de los guiones, de saber qué es lo que hay detrás, cómo se van a hacer, quién es el que los rueda, intento ser más selectivo, pero a la vez ser más cuidadoso con los proyectos que llegan. Es verdad que he hecho cosas muy bonitas en los últimos años y la gente tiene un concepto de mí pero hay veces que soy muy rupturista. Yo creo que hay algo mucho más personal en los proyectos ahora, antes había una cosa como de trabajar aquí o allá o de querer afrontar ciertos retos imposibles y cuando estás en la situación como la que estoy ahora quiero hacer de hombres como yo, que me ofrezcan caras distintas, pero darles el alma, la naturalidad y la frescura que tengo porque creo que estoy en mi mejor momento.

Cuando vivías en ese pequeño pueblo de La Rioja de donde eres tú, ¿cuán lejos te imaginabas que ibas a llegar?

Yo creo que me fui de mi pueblo porque pensaba que me iba a quedar allí y eso era una idea que no me dejaba llegar todo el aire que se merecían mis pulmones, no es que yo pensaba que estaba hecho para otras cosas o para otra vida, había un cierto agobio porque simplemente no quería estar allí. El conflicto con mi papá fue complicado porque él era músico, pero para darle soluciones a su trabajo de agricultor ya que con dos finquitas muy pequeñas tenía una dificultad para sacar adelante la familia, entonces se iba con su música por ahí y tocaba el saxofón con orquestas. Yo tampoco quería ser músico y el futuro que mi papá había creado, que eran esas dos fincas que cada tormenta que caía te destrozaba la cosecha, yo no lo veía para mí. Entonces cuando estaba en la Universidad Laboral, a los 17 años, descubrí que había un aula de teatro y muy tímidamente me fui metiendo para ver qué se podía hacer. Y cuando repetí el curso entero, porque como estudiante era horrible y con una crisis bastante gorda, un profesor me dijo que en la Escuela de Arte Dramático de Madrid aceptaban alumnos que no hayan aprobado el curso y que podía intentar pasar las pruebas para no perder el año. Y yo te juro que le pregunté: “Ah, ¿esto se estudia, no es que te dan la oportunidad porque es algo de familia?”, así que imagínate mi torpeza y mi ignorancia durante mi juventud. Cuando llegué a Madrid aprobé y cuando empezaron las clases de interpretación en esa aula magna, que ahora es el Palacio del Teatro Real de Madrid, me di cuenta de que pertenecía a eso pero no como actor ni director, o sea, te juro que podía haberme convertido en el chico que mejor lleva los cafés de todo el cine o todo el teatro español, el hecho de querer estar ahí, yo me dije: “qué bien que vine aquí, no sé cómo voy a sobrevivir, voy a tener que buscar trabajo o repartir propaganda, ponerme de camarero pero yo quiero estar aquí”, y fueron años mágicos, totalmente inconscientes y me imagino que con cierta tozudez y ambición, no soñando que iba a trabajar con Almodóvar ni mucho menos porque eso era como de la aristocracia, sino siendo un estudiante que quería hacer teatro exclusivamente y volver a mi tierra para hacer un grupo y ese tipo de cosas. No eran sueños muy grandes, creo que lo único que deseaba era salir de allí para ver quién era yo, para conocerme a mí.

¿Y ese chico todavía te acompaña cuando estás en Roma filmando con Jude Law?

Sí, me sigue pasando en cierta medida, creo que se ha transformado mucho ese sueño y a veces tengo que darme cuenta de todo el camino recorrido. Durante 5 años hice terapia, y entonces fue muy creativo ese trabajo, me vino muy bien para colocarme donde estaba yo y para ver un poco todo el esfuerzo y todo el trabajo que he hecho durante todo este tiempo pero sí, ese muchacho me acompaña, por ejemplo, cuando fuimos a los premios Oscar con Hable con ella de Pedro Almodóvar, yo veía todo ese glamour, toda esa maravilla y al final pensaba que yo venía de ahí. También me he dado cuenta muchas veces que la mayor parte los actores también vienen de lugares muy pequeños, de familias muy desestructuradas, de personalidades muy tímidas, que cada uno viene con una mochila cargada de cosas, entonces la mía no es más ni menos diferente que la de muchos otros, de gente muy generosa que te comparte la vida y te das cuenta de que todos somos un poco frágiles en este sentido.

¿Cuál es el sueño que te queda? ¿Trabajar en inglés en Hollywood? ¿Qué le falta a esta carrera tan linda que llevas?

Yo creo que mi mirada ahora mismo está puesta en Latinoamérica, o sea de México hacia abajo pero a medida que te digo esto, me estoy viendo con 18 años en ese aula de interpretación diciendo “yo lo que quiero es hacer teatro”, entonces siempre que digo si a una cosa y cierro las otras, de repente esas últimas son las que se abren porque hay como una especie de relajación, es como cuando alguno te dice que se pone muy guapo para salir y ver si encuentra alguien para enamorarse y no, el día que vas más feo, que estás hecho un desastre, ese día te enamoras, así que hay un punto en eso que siempre me causa risa y me digo “¿Cuáles son mis deseos?”. Mi mirada está puesta en Latinoamérica porque creo que hay un talento enorme y después tengo un idioma común y creo que me llena mucho más todo lo que me ha pasado hasta ahora ahí que algo que me pueda pasar en otros lados, pero no puedo descartar Francia o Italia, que son mis vecinos y que he trabajado ahí y me apetece hacerlo.