Rodrigo Prieto: “Me he acostumbrado a trabajar en inglés"

by Rocio Ayuso November 19, 2019
DP Rodrigo Prieto

Los ojos de Martin Scorsese son mexicanos. Ya son cuatro las producciones del maestro del cine (además de algún otro proyecto documental) que han pasado por las cámaras de Rodrigo Prieto, director de fotografía de los mejores. El que prueba a trabajar con él suele repetir, especialmente su amigo Alejandro González Iñárritu. Lo mismo ocurre con otros muchos cineastas internacionales, desde Ang Lee a Pedro Almodóvar pasando por Curtis Hanson. Lo irónico es que a Prieto (Ciudad de México, 1965) lo que le habría gustado hacer son películas de ciencia ficción tipo Ray Harryhausen, el legendario realizador de “stop-motion”. Pero pocos como él consiguen captar el realismo de una imagen, incluso cuando esta ha pasado muchos años antes de su tiempo como es el caso ahora de su trabajo en The Irishman.

¿Cuál es el mayor reto de trabajar con Martin Scorsese?

Los retos fueron muchos, pero el principal fue la dimensión del proyecto ya que transcurre a lo largo de varias décadas. No solo en la vida de los personajes si no en la historia, testigos de acontecimientos reales, aunque solo tengan que ver tangencialmente con la trama. Otro reto fue que al contar con estos grandes actores Scorsese quería capturar el momento desde dos o tres ángulos lo cual complica la iluminación. Y la tercera complicación fueron los efectos visuales que se requerían para reflejar el paso del tiempo en los personajes. Es algo que trabajé con Pablo Helman (supervisor de efectos visuales) tratando de entender la idea del director y los actores de hacerlos más jóvenes, pero sin marquitas en la cara. Pablo encontró una forma, utilizando tres cámaras en cada ángulo capaces de conseguir la información del espacio, del rostro, para poderlo reproducir después con sus efectos digitales. Participé en el diseño de ese aparato de tres cámaras donde la cámara central es la principal, la que está filmando la escena, el encuadre, y las otras dos son para los efectos. Eso fue complicado porque tenían que moverse juntas y si filmaba las escenas de diálogo desde dos o tres ángulos al mismo tiempo eso significaba un total de nueve cámaras, tres por ángulo.

Estos retos, ¿son un placer o una pesadilla para un director de fotografía?

Más bien lo segundo. Fue un rodaje muy difícil, pero era importante que Scorsese hiciera lo que quisiera con la cámara, sin limitaciones. Lo mismo que los actores. Pero fue un salto al vacío. The Irishman es una película muy especial porque no creo que antes hayas visto a unos personajes pasar así por tantas décadas de sus vidas. Siempre me han fascinado los efectos especiales. De hecho, mi interés en el cine empezó con la animación “stop-motion”. Era un fanático de Ray Harryhausen, películas como Jason y los argonautas. Me gustaba ese engaño de hacer creer que ves a un monstruo. Con la iluminación me pasa lo mismo. Engaño al público para hacerles creer que están en ese lugar, que está entrando el sol por la ventana en lugar de la luz de un 12.000. El resultado es bastante realista, aunque todo sea un engaño.

Esa es la ironía, que gran parte de su trabajo no puede ser más naturalista, desde Amores Perros a Brokeback Mountain.

Eso es lo que intento. Con Amores Perros escuché tantas veces eso de ‘si ni tuviste que iluminar’. ¡Si supieras el engañito! Pongo mucho énfasis en que no se note y por eso trabajo muy de cerca con el diseñador de producción para que me de las oportunidades lumínicas necesarias.

¿Cuán diferente es la mirada de los distintos realizadores con los que ha trabajado?

Lo que para uno es un dogma inviolable y para el otro no. A Lee le gusta controlar mucho todos los elementos. La altura de cámara tiene que ser la altura de los ojos de los actores, y eso es esencial. Scorsese, para nada. La cámara va donde sea y expresa la energía que necesite. Son muy distintos en su temperamento y en su visión artística y eso me es muy grato porque realmente trato de profundizar en la visión de otra persona, algo que me interesa como ser humano. Yo plasmo visualmente lo que el director intenta comunicar.

Con Pablo o con Alejandro, ¿ayudó el hecho de hablar el mismo idioma?

Aunque disfruto mi idioma me he acostumbrado a trabajar en inglés y la satisfacción es la misma cuando trabajo con gente cuya cultura es muy diferente a la mía. Por ejemplo, 8 Mile, de Curtis Hanson. Un americano mucho mayor que yo, un intelectual del cine, y yo, un mexicano, haciendo una película de hip hop en Michigan. O en Brokeback Mountain, con Ang Lee, de Taiwan, y yo, mexicano, los dos heterosexuales haciendo una película de vaqueros homosexuales en Wyoming. Y funcionó. Es de las cosas más hermosas de trabajar en el cine.

Nestor Almendros, Emmanuel “Chivo” Lubezki, Javier Aguirresarobe… ¿qué ven los ojos de un hispano que tanto llaman la atención en Hollywood?

Nos inspiramos entre nosotros mismos, vemos lo que hace el colega, el amigo, es una especie de competencia amistosa y nos empujamos al mismo tiempo. Admiro a muchos de mis colegas. Con “el chivo” trabajé en Solo con tu pareja, la primea película de Alfonso Cuarón. Yo todavía estaba en la escuela de cine y me pidieron que dirigiera la segunda unidad. Esos fueron mis inicios y así es como se han dado las cosas a lo largo de mi carrera. No hay una fórmula secreta. Hice muchas tonterías, pero también aprendí mucho y poco a poco fueron saliendo producciones con un poquito más de presupuesto y así hasta que decidí mudarme a Hollywood. No hay un momento de éxito. Y da igual un cortometraje que un “blockbuster”, el disfrute es el mismo.